Colección Narrativa. Editor: Luciano Lutereau


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3 Mataperros

4 Colección Narrativa Editor: Luciano Lutereau

5 Mataperros Gastón Garriga

6 1. Narrativa argentina. I. Título CDD a , Letra Viva, Librería y Editorial Av. Coronel Díaz 1837, Buenos Aires, Argentina / Queda hecho el depósito que marca la Ley Impreso en la Argentina - Printed in Argentina Dirección editorial: Leandro Salgado Queda prohibida, bajo las sanciones que marcan las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra bajo cualquier método de impresión incluidos la reprografía, la fotocopia y el tratamiento digital, sin previa autorización escrita del titular del copyright.

7 A Polo y Mora, mis soles de cada mañana. A Ana, mi refugio.

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9 I La chata de Parques Nacionales avanza muy rápido, de memoria, por las curvas abiertas de la ruta 11. Levanta nubes de tierra y conchilla que la vuelven casi invisible. Corre contra el amanecer, que despunta rojizo, a su izquierda, sobre el Río de la Plata. Beltrán no quiere que lo vean entrar a la estancia Don Juan, por eso acelera y dobla como viene, aunque a veces la F100 se le vaya un poco de cola. Si lo descubren, le cuesta el puesto. El puesto son el sueldo y los veinte años de antigüedad de un tipo que no sabe hacer otra cosa, pero también la casa que le asignaron, a la que vuelve cada noche porque no tiene otra. Y ser alguien en el pueblo. Por

10 Gastón Garriga lo menos, lo que dice en letras blancas sobre su gorra negra. El guardaparque. Baja la velocidad justo donde termina el tendido eléctrico, ya está a pocos metros. Encuentra la tranquera abierta, tal como acordó ayer con Juana, la dueña. Se mete en el campo, por el sendero arbolado, sin poner la baliza. Transpira. Recién amanece y ya tiene la camisa empapada. Empezó marzo, pero por la temperatura parece enero. No le agrada tratar con Juana. Ni con ella ni con ningún otro como ella. Apaga el cigarrillo en el cenicero de la puerta, se acomoda la camisa y camina hacia el claro donde el capataz matea con dos de los suyos. Se arrima y se queda parado. El capataz es Gancedo, un hombre grueso, de boina y pañuelo al cuello, que finge no verlo. Recién cuando lo tiene delante entrega el mate a otro peón, se para y le tiende la mano. Beltrán se saca la gorra para saludar. Ya me dijo Juana que venía. Qué necesita? Nafta? 10

11 Mataperros Nafta, sí. Y me dijo que iban a hacer el trabajo conmigo, para terminar cuanto antes. Eso a mí no me lo dijo. Me lo dijo a mí. Consulte por radio si quiere. Las miradas se sostienen unos segundos. A Gancedo se le tensa la mandíbula. Nunca nadie excepto Juana, claro, y mucho antes Don Juan le habló así, delante de los peones. Finalmente gira y se pierde en la penumbra del galpón. Los peones, sentados sobre troncos cortados, lo miran de reojo. Enseguida vuelve Gancedo. Trae un bidón de cinco litros en cada mano. Está bien le dice, murmurando. Voy bajando las herramientas responde Beltrán, y vuelve hacia la caja de la camioneta. Mientras los peones mezclan la nafta con aceite de dos tiempos, él ajusta cuidadosamente las espadas de las motosierras. Después las lubrica, una por una, y se pone guantes de trabajo. Los peones se acercan, toman una máquina cada uno y caminan paralelos al 11

12 Gastón Garriga monte de coronillos, donde está el alambrado que tienen que hacer de nuevo, en cuanto terminen de desmontar. Beltrán les marca las ramas que van a cortar, les señala los troncos principales y les pide que no los toquen. Empiezan desde adentro hacia fuera. Cubiertos por los árboles que dan a la ruta, sólo se expondrán lo mínimo. Las máquinas van arrancando de a una. Cada tanto se escucha un grito, un cuidado o un más acá. Eso y el ruido de los árboles al caer sobre la tierra, amortiguados por el shhhh de las hojas. De a poco, las motosierras van abriendo pasos en el monte de especies protegidas, que permiten llegar al alambre que separa a Don Juan del campo vecino. El alambre está oxidado y los postes podridos. Uno de los peones va y viene con la carretilla llena de leña trozada, lista para usar. El aire se carga de olores: a nafta, a quemado, a madera, a tierra y a sudor. Cada tanto, Beltrán se seca la frente con el reverso del guante, que le raspa un poco la piel y le da ganas de rascarse. Intenta concentrarse 12

13 en lo que está haciendo. Aunque está acostumbrado a la motosierra, la sabe peligrosa. Cuando se termina el combustible, salen del monte unos pasos, donde tienen una pila de ropa que se fueron sacando, algunas herramientas y el mate ya frío. Ahí recargan, manejando el bidón con una mano y el embudo con la otra. La operación, ya automatizada, toma menos de un minuto. Beltrán, por pensar en algo, hace cuentas. Con lo que habrá en el sobre de Juana, puede comprar todos los útiles escolares que le pidieron para su hijo. También puede saldar la cuenta corriente en el almacén El Oasis y hasta darse una vuelta por lo de Esmeralda, para conocer a esa paraguayita nueva de la que tanto escuchó hablar. Mira al cielo. Por la posición del sol, ya llevarán unas dos horas trabajando. Les queda una más, la última y la más dura, porque va a ser un día de treinta y pico de grados. Los brazos ya le pesan, pero quiere terminar, cobrar y rajar cuanto antes. Piensa sacarse el aserrín con una buena ducha helada, cuando llegue a

14 su casa, antes de empezar la ronda. Ya están cerca de la ruta y eso lo pone nervioso. Levanta la vista y ve que el capataz le hace señas. Lo está llamando. Con nosotros ya cumplió. Deje que terminamos solos, total falta poco. Como quiera no le insiste mucho. La noticia le produce un profundo alivio. Sígame Caminan juntos en silencio. Al llegar a la entrada del galpón, Beltrán se para y el otro sigue. Vuelve enseguida, con un sobre en la mano. Se lo tiende. No entiendo por qué le gusta tanto tirar la guita a la patrona. Lo podríamos haber hecho nosotros. Beltrán sabe la respuesta, pero calla. Toma el sobre y lo tantea con la yema de los dedos. Lo nota gordito. Se lo mete dentro de la camisa, contra la piel, sin contarlo. Total, Juana es de cumplir, eso ya lo comprobó antes. Se dan la mano floja, sin apretar. Ya unos pasos antes de llegar a la chata, advierte algo. Se apura. Mira. Rodea la camioneta y lo 14

15 Mataperros comprueba. Le llenaron la caja de leña. Desde la puerta del galpón, Gancedo sonríe y lo saluda boina en mano. 15

16 II Beltrán, acomodándose la gorra, mira la leña, que cubre prolijamente la caja de la F100 y sobresale un poco. Mal no le viene, pero falta tanto para el invierno y estas maderas blandas se pudren tan fácil, que ni siquiera sabe si las va a tener cuando las necesite. El tala, húmedo, se vuelve una goma inútil y humeante. Le da miedo andar por la ruta, de una punta a la otra del pueblo, con esa carga en la caja. Piensa en descargarla, pero los peones se han ido campo adentro, a seguir con sus tareas de cada día. Y él solo tardaría demasiado, aún si el dolor de cintura, que lo jode tres días sí y uno no, le diera franco. Decide salir de ahí cuanto antes.

17 Se sienta frente al volante. La llave está puesta. La gira. Clic, clic. La llave gira el tambor, pero ningún motor altera el silencio del campo. Beltrán se paraliza. Clic, clic. Otra vez el sudor frío. Lo único frío a lo que puede aspirar hoy. Vuelve a girar la llave. Clic, clic y nada. Se deja caer sobre el respaldo desvencijado de la butaca. Un resorte fuera de lugar lo lastima entre dos vértebras, pero ése ahora es un problema tan menor que apenas lo registra. Se pregunta cómo carajo una chata que arrancó a la mañana temprano, después de pasar la noche afuera, se queda sin batería en un par de horas. Encima, en pleno verano. Puteando para adentro, se baja y camina hacia el galpón, para pedirle ayuda a Gancedo. Con un empujón de los peones puede arrancar en segunda. Si no les pedirá que lo lleven en su vehículo al taller mecánico, para que le den una buena carga a la batería esa. Sabe que a ningún gaucho le gusta que lo distraigan de sus tareas. Todavía por acá Qué le anda pasando? pregunta Gancedo, desde la penumbra del 17

18 Gastón Garriga galpón. Parece divertido con la visita. Tiene un trapo en una mano y un recado en la otra. Se quedó a engrasar las pilchas mientras los suyos siguen trozando y acarreando leña y rompiéndose las manos con el nuevo alambrado. De fondo, un locutor anuncia el noticiero de la nueva hora. No tengo batería. Pensaba si me podrá dar una mano, con el jeep o entre todos los muchachos. Batería? Qué raro, no le parece? Para mí que la ahogó. Le habrá dado mucha pata, con esas ganas de disparar que tienen siempre ustedes los porteños. Espere a que baje la nafta y se va más tranquilo. Acá hay mucho que hacer. Le digo que es batería. El ruido es clarito. Hace uó uó, como si le faltara fuerza para arrancar? Peor, hace clic clic, seco. No tiene una gota de batería. Gancedo se limpia las manos con el mismo trapo con el que les pasaba el unto a los recados y sale con paso resuelto. El de él es un rostro 18

19 Mataperros inmutable, férreo, pero Beltrán le adivina una sonrisa disimulada bajo el bigote. Usted solo me va a empujar? Tanta fuerza tiene? Beltrán habla y se arrepiente enseguida. Por ahora, está en manos del turro ese. Más vale maña, don. Más vale maña. Llegan. A ver, siéntese y pruebe. Beltrán obedece. Clic clic. Nada, como esperaba. Gancedo se va hacia delante y abre el capó, que no tiene traba hace años. Por el costado, lo ve doblar la cintura y meter medio cuerpo dentro del motor, como haría un domador de circo con un león sin dientes. Pasan unos pocos segundos. A ver ahora. Gira la llave y se produce el milagro. El motor gira también, pesado y ruidoso. Beltrán acelera, para convencerse de que es real y para que no se le vaya a parar justo ahora. Una, dos, tres veces. Gancedo se acerca y le gesticula a través de la ventanilla. A él le volvió el alma al cuerpo, pero éste está muy contento, no entiende por qué. Baja el vidrio para ver qué le quiere decir. 19

20 Gastón Garriga Tenía suelto un cable, cerca de la bobina. Le conviene mirarla un poco de vez en cuando. Hay una ensalada ahí abajo. No puede ser. Se lo ajusté recién. Por eso no hacía contacto. Pero si quiere de lo vuelvo a soltar. Beltrán ríe de compromiso, saluda con la mano en alto y mete la primera con dificultad. Quiere rajar. Ahora no le quedan dudas. Ese Gancedo, al menos, es un reverendo hijo de puta. Y los peones, si no son ya como él, lo serán pronto, por contagio. Se pregunta si le habrán tocado algo más, aparte de la jodita del cable. Está tan concentrado en acelerarla para que no se apague, que cruza rápido la tranquera y entra en la ruta sin frenar ni mirar. Desde su izquierda, saliendo de la curva, viene el Peugeot 504 del semanario El Pionero, que su dueño se empecina en llamar diario. Es un auto viejo, pero tiene buenas cubiertas. Cuando ve la chata de Parques, ya la tiene encima. Volantea hacia uno y otro lado, derrapa un poco y recu- 20

21 Mataperros pera el control, pero termina con media cola metida en la zanja. Sale Marconi, un hombre flaco, encorvado y canoso. Es el dueño del diario, pero también reportero, fotógrafo, corrector, editor y vendedor de publicidad. Siempre fue pálido, pero ahora está casi transparente. Viene derecho hacia Beltrán. Trae unas puteadas, se le nota desde lejos, que le queman la boca, y son todas para él. Marconi fuma con pitadas largas. Beltrán va a bajarse, pero cuando se decide ya lo tiene encima, asomando la jeta por la ventanilla, los antebrazos apoyados en la chapa. Teme que al abrir la puerta el viejo se caiga y se arme un quilombo aún mayor. Mirá que resultaste pelotudo... Perdoná, Marconi, no te vi Claro que no me viste, si no en vez de pelotudo serías un enfermo. Qué carajo mirabas, en vez de mirar la ruta? Ya está, por suerte no pasó nada. Pensá que la sacamos barata. Contestame. 21

22 Gastón Garriga Serás pelotudo. Beltrán se muerde el labio superior. Resopla. Serás pelotudo, las dos palabras le quedan martillando la cabeza. Abre la puerta y pega un salto. Marconi retrocede y con un gesto arma algo parecido a una guardia. Beltrán está colorado. Transpira mucho. Me mandé una cagada. Ya está. Te pedí disculpas. Ya está Beltrán grita. Nadie salió herido. Qué más querés, que te saque de la zanja? Te saco, pero no rompas más las pelotas. No te abuses. Porque un día de estos, a mí o a otro, no nos va a importar que seas viejo y tuberculoso. Y te vamos a sentar de un tortazo. Marconi le da al pucho la pitada final y lo tira al suelo. Se corre de la frente un mechón de pelo gris. Busca, con la mirada, los ojos del guardaparque. Beltrán aprieta la gorra con las dos manos. Detrás de la chata, desde una nube de polvo, emergen dos siluetas. Beltrán achina los ojos para ver mejor. Son los electricistas de la cooperativa, Tito y su ayudante, que bajan de otra 22

23 Mataperros F100. La distingue apenas, por la estructura tubular que refuerza la caja y la escalera telescópica que llevan, única en el pueblo. Pasó algo? preguntan. Necesita una mano? Beltrán se dirige hacia ellos, para alejarse de Marconi y de la tentación de cagarlo a trompadas. Vamos a empujar el auto del señor, a ver si sale. Pero no me va a sacar fotos, no? Si voy a salir en el diario, avíseme primero y me empilcho bromea Tito. Finalmente, Marconi vuelve hacia su auto y se sienta al volante. Los otros tres se paran junto al baúl, las piernas ligeramente flexionadas, los brazos tensos, listos para empujar. Marconi acelera, la rueda gira unos segundos en el lugar, escupiendo polvo y tierra. Vamos, muchachos, un poco más-, grita Marconi. Los tres juntos hacen fuerza, primero hacia abajo, como si el suelo allí estuviera más firme y luego hacia delante. Finalmente la rueda encuentra una superficie dura, trac- 23

24 Gastón Garriga ciona y el Peugeot sube a la ruta y se endereza. Marconi pone la baliza y baja para agradecer a sus vecinos, con la mano tendida. Gracias, Tito. Gracias a todos. Les habla a los de la cooperativa, pero lo mira a Beltrán. Yo soy un seco, no tengo como agradecer las gauchadas. Pero entren a Don Juan, de parte mía, que les van a llenar la chata de leña. No, mejor digan que van de parte de Beltrán. 24

25 III Beltrán, sin despedirse, es el primero en abandonar la escena. Cruza el pueblo a toda velocidad. Repasa el diálogo una y otra vez. Se pregunta qué habrá pensado Marconi. Ni siquiera delante de la escuela toca el freno. Sale de la ruta en la calle de los eucaliptos y se mete en su terreno. Se baja de la chata y bordea la casa. Pasa entre paredes descascaradas y cubiertas viejas. Algunas matas de yuyos empiezan a crecer entre las grietas del cemento. Llega al fondo, se desviste y deja la ropa hecha un bollo, a un lado. Está apurado por sacarse el aserrín que se le pega en los huevos y los sobacos. Abre la llave de paso de la 25

26 Gastón Garriga bajada de agua, paralela a la torre metálica que sostiene el tanque. Cae un chorro, espeso y helado, porque no tiene flor. Lo mira de frente. Los ojos, que le ardían de sudor, se calman. Pone un hombro, el otro, la espalda. Tantea buscando un pan de jabón Federal. Baja la cabeza, para recibir el agua en la nuca y la parte posterior del cuello. Se queda así, con la cabeza gacha y los ojos cerrados. Un curso de agua le baja por la frente, dobla en el final de las cejas y sigue bajando por los párpados, como un llanto continuo. Debe decidir qué hacer después, si seguir la ronda o descansar un rato para calmarse. Primero, recuerda, tiene que descargar la leña. Se vuelve a poner las mismas bombachas Ombú color verde musgo. Aunque el sol está bravo, más para un tipo de piel lechosa como él, se queda en cueros de la cintura para arriba. Se pone los guantes de descarne y empieza a descargar la camioneta, llevando un par de troncos bajo los sobacos o a veces apilándolos sobre la cama que forma con los dos antebrazos juntos. 26

27 Mataperros Los troncos y astillas van formando una pila bastante pareja, bajo la leñera que ha improvisado soldando chapas sobre los restos de un viejo andamio. Ya guardó la mitad, cuando escucha venir de lejos un motor gasolero. Está llegando el transporte escolar. Entre los destellos de sol, ve la forma naranja y blanca recortándose sobre el fondo verde de la cortina de eucaliptos. La puerta automática se abre. Reconoce los movimientos de Laureano, torpes e inseguros, bajando los escalones hasta pisar, por fin, la calle polvorienta. Enseguida, gira y saluda al chofer con la mano en alto. Laureano hurga en su mochila hasta sacar el bastón, que se despliega una y dos veces hasta extenderse por completo. Acá, piensa Beltrán, se termina el pueblo. Fin del recorrido. Empieza en Don Juan y termina acá. No hay nada extraño en los pasos que Laureano da con su pie izquierdo. Cuando intenta avanzar con el derecho, la pierna hace un movimiento semicircular hacia fuera, en vez de recto hacia delante, como si hubiera algo fallido en la articulación de la cresta ilíaca. 27

28 Gastón Garriga Obligado, el pibe se apoya en el bastón y hace fuerza con todo el tronco, para liberar el peso de la pierna mala. Beltrán acomoda los leños que tiene en la mano y se acerca a su hijo, también lentamente. Se detiene bajo el alerito de la entrada al rancho y, aunque lo tiene cerca, se hace visera con las manos para observarlo mejor. Laureano empezó la secundaria esta semana. Está dejando de ser un crío. Ya le asoma la pelusa que anticipa la barba. Hasta ahora, pudieron solos. Le dolía, más a él que a su hijo, que no pudiera jugar al fútbol. Alguna que otra broma o comentario malintencionado, pero lo habían sabido llevar. Lo difícil está por venir. Las chicas, los bailes, la soledad, el rechazo, en todo eso piensa Beltrán mientras le tiende una mano y lo ayuda a sacarse la mochila de la espalda. En la crueldad renovada que significa la adolescencia. Sabe que Laureano sufrirá, que es inevitable. Y ya le duele. Cómo te fue? 28

29 Mataperros La respuesta es un gruñido apenas descifrable. Comiste? Qué comiste? No comí, te dije que el comedor está cerrado por las obras. No te acordás? Entonces estás recagado de hambre Puta madre Beltrán habla para sí. Más vale viejo. Qué tenemos acá? Sin responder, Beltrán sale disparado hacia la cocina comedor, abre la vieja heladera Siam y estudia el panorama. Saca un queso, una bolsa de higos frescos, abre un taper y descubre restos de arroz blanco con arvejas y mayonesa. Lavate las manos y después vení a sentarte ordena. Siente, por detrás del hombro, la mirada curiosa de su hijo. Pica una cebolla y la rehoga en aceite viejo, que guarda en un frasco de mermelada. Cuando pasó de blanca a casi transparente, la retira con la espumadera, la sacude un poco para quitar el exceso de aceite y la echa sobre el arroz. Rompe un huevo, lo bate y lo echa donde recién fritó la cebolla. Con cuidado, en pocos minutos retira un círculo finito y 29

30 Gastón Garriga amarillento, lo pica y lo deja caer sobre el arroz. Revuelve todo. Prueba con el cucharón. Saca de la alacena una bolsa con galletas de campo. Están algo húmedas, pero se pueden comer. Vuelca en la jarra de agua un sobre de Tang sabor melón. Cuando concluye la operación, Laureano se acaba de sentar a la mesa. Su bastón descansa en el vano de la puerta de la cocina. Ahora sí dice Beltrán, mientras le llena el plato con un cucharón y se queda de pie, mirándolo. Cómo te fue en la escuela? Maso. Beltrán se lleva las manos a la cara. Cada inicio de clases es la misma historia. A Laureano le cuestan las primeras semanas. Después se acomoda, pero al principio marzo, a veces abril, le cuesta. Pasó algo? Nos encargaron un trabajo sobre el veinticuatro de marzo. Hay que entrevistar gente y escribir un montón. Es en grupo. Y yo no tengo ganas de laburar para esos pelotudos que tengo de compañeros. Hoy ya discutí con un par. 30

31 Mataperros Puede ser interesante acota Beltrán, tímido. Prefiero hacerlo solo Laureano come con voracidad, habla con la boca llena. El mejor trabajo sale en El Pionero Laureano levanta, por primera vez, la vista de su plato y encuentra los ojos de su papá. Y vos, pá, por qué no comés? 31

32 IV Como tantas mañanas, Marconi se despierta tosiendo. Hace ya unos años, desde que está enfermo, que puede prescindir del despertador. No se trata del ruido de su propia tos: a eso ya está acostumbrado. El problema ahora son las sacudidas que arrancan en los pulmones, le hacen temblar todo el cuerpo, como si le hubieran conectado un cable a dos veinte. Cuando se despierta, mira instintivamente el reloj. Entonces decide si vale la pena intentar dormir otro rato o si ya se incorpora. Entre las sábanas arrugadas y malolientes por el sudor acumulado, prende el primer Particulares. No le importa que sea de noche. Lo fuma así, sentado en la cama, la nuca apoyada en el respaldo, sin levantar la persiana. 32

33 Mataperros Entonces repasa sus sueños, casi siempre poblados de viejos fantasmas. Pueden ser amigos de este mismo pueblo, de la infancia y la adolescencia, que se le aparecen en pantalones cortos, peinados a la gomina y lo invitan a jugar a la calle. O fantasmas porteños, de su época de estudiante, cuando empezó a militar en la Jotapé y a deambular por los bares. Estos fantasmas le prestan libros o le dan consejos. Si son minas, se corren el pelo lacio largo de la cara y hasta le guiñan un ojo. Cuando son fantasmas del exilio, Marconi los reconoce por el acento gallego. Entonces se aviva, sacude la cabeza, negando, y recuerda cómo fue todo: los años en Barcelona, el hambre y el miedo del principio, la nostalgia después. Por último, la desilusión al volver, los ahorros puestos en El Pionero, los días sucediéndose vacíos, pava tras pava de mate en la redacción, escribiendo crónicas de sociales y accidentes en la ruta. Antes, cada tanto, la punta de algún escándalo, como el de los sobreprecios de las máquinas viales, le hacía recuperar parte de su 33

34 Gastón Garriga excitación juvenil. Pero, con el tiempo, había descubierto que, si alguien quedaba pegado por su laburo, era algún cuatro de copas que entregaban para la gilada. Y él mismo, que se quedaba cada vez más solo. Con el segundo Particulares ya se para, camina hasta el baño, mea y se lava la cara. En la cocina, prende la hornalla y se queda contemplando la danza azul, naranja y amarilla de las llamas. Hace un esfuerzo y repasa las tareas del día que nace. El café negro, amargo y espeso, que toma de parado frente a la mesada, lo ayuda a concentrarse. Tiene que cobrar dos avisos, el corralón y la funeraria, y llevar esa plata al Banco Nación antes de las tres de la tarde, porque está sobregirado en descubierto y hoy se vence la paciencia del gerente. Tiene que llevar a alinear el auto, y rezar para que los chorros de la gomería no le vengan con que hay un problema en el tren delantero. Tiene que tipear y meter en un cd todos los apuntes que tomó a mano en su libreta y después llevarlos a la imprenta. Allí, se sentará a completar un crucigrama y 34

35 Mataperros pedirá enfrente un especial de salame y queso, mientras espera que salgan de la máquina las primeras pruebas. Vuelve a su cuarto, en busca de ropa limpia o, al menos, digna. Sus pasos resuenan con eco sobre el piso de madera. La casa, la misma donde nació y creció, calurosa en verano, fría en invierno, húmeda siempre, le resulta insoportablemente grande. Hay una tarea por fuera de la rutina de los miércoles que lo hace sonreír. Una ocurrencia del Gordo Nannini, que resiste como profe en la Escuela Municipal Número Seis. No son amigos. Se conocen nomás y simpatizan, porque en el pueblo se sabe todo. Por eso si se cruzan en la plaza, se quedan cinco minutos charlando de política. Hace diez días, Marconi se sorprendió al ver al gordo entrar a la redacción. Lo escuchó atentamente. Para el veinticuatro de marzo, Nannini mandaría a sus alumnos de primer año a hacer una investigación grupal sobre los años de dictadura en el pueblo. Pretendía que 35

36 Gastón Garriga Marconi fuera jurado y publicara en El Pionero la crónica ganadora. Cumpa, a usted todavía le quedan ganas de romper las pelotas? Estamos viejos ya... Pero al gordo no le había costado convencerlo. Precisamente. Los viejos no tenemos nada que perder. Si no rompemos las bolas nosotros, entonces quién? Los gorilas duermen muy tranquilos en este pueblo. Primero dudó. Pero la sonrisa del gordo, despareja y amarillenta, tenía algo seductor. Agarró viaje. Brindaron en pocillos de café, con la petaca de Mariposa que Marconi sacó del primer cajón. Y usted qué les enseña a los pibes? Ciudadanía. Qué? Instrucción Cívica. Ya vestido camisa de manga corta, jean gastado, chaleco de fotógrafo, levanta el capó del Peugeot 504 con el tercer cigarrillo entre los labios. Chequea los niveles de todos los líquidos. Después se sienta a calentar un 36

37 Mataperros poco el motor. Irá a presentar el concurso Mi pueblo tiene memoria frente a los pibes de la escuela de Punta Indio. Los trámites quedan para más tarde. Antes de arrancar, abre la guantera, chequea el grabador, las pilas, la cinta. Cuando vuelve a guardar todo comprueba con la mano que el veintidós corto sigue en su sitio. El Peugeot de Marconi avanza por las calles tranquilas. Frena, metódico, ante cada lomo de burro, y vuelve a acelerar apenas. Se cruza de frente con pibes de delantal blanco, en bici o a pie, el camión de reparto del sodero, y un patrullero que lo saluda con juego de luces. Amigo de los ratis, Marconi, quién te ha visto y quién te ve!, piensa, y se acomoda los anteojos que le resbalan por el puente de la nariz. Las casas se van espaciando, crece el verde entre una y otra. Marconi conoce al detalle cada bache de esa parte del asfalto, la última que todavía queda por repavimentar. Enseguida aparece ante él, en voladizo sobre la calle, la marquesina donde años atrás se leían 37

38 Gastón Garriga las iniciales YPF, envueltas en dos círculos celestes. Las letras todavía pueden adivinarse, el contorno dibujado por la mugre sobre el fondo blanco. Decide parar a cargar nafta en lo del Gringo. Se detiene y baja del auto. Qué hacés, Gringo? Apagá el faso, Marconi. Poneme cien mangos. Apagá el faso. Marconi no contesta. Se da vuelta y camina hacia el descampado. Pita. Camina entre tambores vacíos de doscientos litros, que los gauchos le compran al Gringo para pasar prueba de riendas, y se distrae con su reflejo sobre el vidrio de la oficinita donde están la caja, el teléfono, algunos repuestos y un almanaque. Se detiene a observarse, recortado entre los papelitos que el Gringo deja que la gente pegue. Piensa que es una competencia desleal a sus clasificados. Casero se ofrece, Vendo o permuto moto Gilera, Clases particulares de inglés. Descubre uno, más grande que el resto y en colores, dominador indiscutido del espacio. 38

39 Mataperros Gran fiesta popular. En el Fortín, este 24 de marzo. Convoca la Sociedad Rural local. La imagen central de unos terneros, más abajo un reservado atado al palenque, el logo centenario en un ángulo. Marconi se mete en el cubículo que el Gringo llama oficina, con cuidado despega cada ángulo, enrolla la aficheta y se la guarda entre la camisa y el chaleco. La ceniza de su cigarrillo, ya larga, cae al piso. La dispersa con el pie, sin mirarla. Tira el filtro en dirección a los pastizales y vuelve caminando, pensativo, hacia su auto. Va a hacer calor hoy le dice al Gringo. Parece... Así que hay joda en el Fortín Por lo que me contó Gancedo, va a ser a todo culo. Marconi asiente en silencio, paga y se va. Lo deja al Gringo con ganas de seguir hablando. El asfalto empeora y dos kilómetros después empieza la conchilla. Sin embargo, Marconi acelera, estira los cambios, le impone al Peugeot un ritmo más nervioso. El ronquido del motor suele ayudarlo a pensar. Pero por ahora no sabe 39

40 Gastón Garriga qué pensar. Se propone llegar cuanto antes a la escuela, mostrarle el afiche a Nannini, intercambiar opiniones. Atraviesa el arco de entrada a Punta Indio. Deja atrás la salita de primeros auxilios y la Delegación Municipal. Baja la velocidad, esquiva un perro muerto. La escuela aparece al final de la siguiente curva, semicubierta por los ladrillos, la arena y la piedra que llegaron para su ampliación. En la galería del frente, ve la figura rolliza de Nannini, que camina hacia uno y otro lado, las manos entrelazadas en la espalda. Más que esperarlo a él, parece que esperara la noticia de un parto o una muerte. Entran. Terminado el recreo, a Nannini le toma un rato callar a sus alumnos. En distintos grupos, se arremolinan alrededor de los juegos de un teléfono celular o le chiflan, a través de la ventana, a alguien que pasa. Recién cuando escribe en el pizarrón Concurso: Mi pueblo tiene memoria y debajo El Pionero publicará el trabajo ganador, los muchachitos de primer año dejan de codearse entre ellos y removerse en sus asientos y miran 40

41 Mataperros al frente del aula con cierta expectativa. Uno, que reconoció a Marconi, lo señala sin disimulo mientras les dice a sus compañeros que es cierto, que ése es el del diario. 41

42 V Marconi prende otro Particulares a esta altura del día ya perdió la cuenta, antes de empezar a hablar. El gesto, maquinal para él, despierta la admiración de los pibes más audaces, que fuman a escondidas en el baño. A quién carajo le importa la dictadura, no? Eso pasó hace tanto. Ustedes ni habían nacido. Algunos de sus papás ni habían nacido. Evidentemente es cosa del pasado hace una pausa teatral e interpela con la mirada a los de la primera fila. Es cosa del pasado, sí o no? modula lentamente, desafiante, casi separando en sílabas. Los pibes se miran entre ellos. Se ponen serios. 42

43 Mataperros No escucha Marconi. Busca entre los alumnos al que se animó. Explíquese. Desarrolle lo invita cuando lo encuentra. Pero el pibe se queda en un prolongado eeeeeeehhhh, que despierta la risa nerviosa de sus pares. Lleva el pelo negro casi por los hombros, la tez muy blanca. En vez de vestir a lo criollo, como la mayoría, usa remera de Los Redondos y un jean roto. Tiene la pierna derecha estirada, apoyada sobre el banco de adelante, vacío. A su alrededor, todos los bancos están vacíos, como si sus compañeros huyeran de una peste. Inmediatamente, el viejo periodista acude en su auxilio. Por lo menos te animaste a hablar. Y sí, tenés razón. La dictadura no es algo del pasado. Las risitas se aplacan. El aire se espesa. Cuando un crimen queda sin aclarar, deja una herida abierta. A algunos les duele más, a otros menos, pero nuestra calidad de vida se deteriora. Queda la sensación de que cierta gente puede hacer cualquier cosa y seguir lo más bien. Como cuando quemaron a Gladys otra 43

44 Gastón Garriga vez, el mismo pibe. Ahora Marconi descubre, junto a su pupitre, un pequeño bastón metálico. Exacto. Pero peor. Mucho peor. Imaginate, imagínense, treinta mil Gladys. Quién era Gladys? pregunta una chica, la cabeza cubierta de prolijas trenzas color castaño. El murmullo se generaliza. Marconi capta algunas palabras sueltas: robo, garrafa, explosión, campo, dólares. Sos nueva en el pueblo, no? pregunta el viejo periodista. Ella asiente en silencio. Nannini se hace cargo de la situación. A ver quién quiere contarle a Vanina la historia de Gladys. Marconi suspira, aliviado, porque no tiene ganas de relatarla. Recuerda perfectamente el próspero Ramos Generales que manejaba la viuda, en el que se podía conseguir desde alcaparras o whisky importado hasta herraduras. Tenía un don, una habilidad comercial nunca vista en el pueblo. La última noche, Gladys tenía en su caja de seguridad muchos miles de dólares, con los 44

45 Mataperros que iba a comprar un campo al día siguiente. Pero unos desconocidos se presume que eran tres la sorprendieron, la ataron con cables y terminaron prendiendo fuego el negocio con ella dentro, mediante el simple procedimiento de abrir dos garrafas y tirar un fósforo, después de vaciar la caja. En comparación, escuchar la historia es un mal menor. No quiere contarla porque Gladys fue su amiga, porque a pesar de que estaba hecho mierda hizo un esfuerzo por seguir la investigación y mantener el tema vivo desde El Pionero. Después organizó marchas. Primero con doscientos vecinos, después con cien, con cuarenta. Discutió con el comisario, con el fiscal y con el médico forense. Los llamó mamarrachos en sus páginas y volvió a vivir en peligro. Los pibes hablan entre ellos, en voz baja. Algunos, a borbotones, le explican a su compañera que nunca se supo quién era el asesino, que se escapó cortando campo, que esa noche ladraron todos los perros. Todas versiones nunca comprobadas. Algunos 45

46 Gastón Garriga discuten partes puntuales del relato. Marconi los deja hablar, apoyado apenas en el escritorio detrás del cual se sienta Nannini. Se frota las manos. Como con Gladys, van a ver que los que saben no se animan a hablar en voz alta. Por miedo. Por vergüenza. Porque tienen el culo sucio o porque no quieren tener problemas. Por las dudas. Nueva pausa. Marconi toma aire. Van a tener que tirarles de la lengua. Pueden hablar con jubilados de la Base Aeronaval, por ejemplo. O con la gente que vivía alrededor, a ver qué ruidos escuchaba. No se trata sólo de quién ni cómo. Porqué. Por orden de quién. La dictadura defendía ciertos intereses, bien concretos. Cuáles? Quién los representaba en este pueblo? Averigüen. Escriban. Pídanme ayuda si les hace falta. Si Usted nos ayuda, el profe nos baja puntos dice una voz anónima. Esto no es sólo por la nota, gil otra vez el renguito. Y vos qué sabés? Nannini tiene que intervenir para que el 46

47 Mataperros conflicto no siga creciendo. Los dos veteranos se miran y sonríen con disimulo. Todavía no explicaron los detalles, pero ya encontraron un aliado. Suena el timbre. Los pibes se paran, se reúnen en grupos y hablan más fuerte, en ese espacio de libertad entre la clase de Ciudadanía y la que viene. El renguito se queda en su lugar, acomodando papeles y libros. Me voy, tengo clase en el aula de al lado anuncia Nannini. Quedate. Tenemos que hablar. No puedo. Acompañame. Me voy, pero te dejo un regalito. Marconi saca de entre sus ropas la aficheta y golpea con el rollo al gordo en la panza. Mirá qué lindo. Qué es esto? pregunta el gordo, pero Marconi ya le da la espalda y se aleja lentamente, hacia la puerta de entrada. Son unos hijos de puta! Algo hay que hacer! Entonces Marconi se da vuelta, le sonríe y le hace la V con los dedos índice y mayor. 47

48 Gastón Garriga Después la seguimos dice, yo también tengo que laburar. Sigue escuchando, de fondo, las puteadas que Nannini lanza al aire. Se sienta al volante y prende otro cigarrillo. Si se detiene a pensar, se vuelve a contagiar la bronca del gordo. Son unos hijos de puta. Algo hay que hacer. Repite para sí las palabras de Nannini. Murmura. Pone el auto en marcha y empieza a volver por donde vino. Manejar lo ayuda a pensar. Mirar el verde, también. Corre el techo del auto, para que entre algo de fresco. Piensa en la tierra, en los montes, en la costa. Piensa en esos campos que pasan de padres a hijos, en los apellidos que son siempre los mismos. Y piensa en la miseria, que también se hereda. Mientras reflexiona, el 504 avanza paralelo al perimetral de Don Juan, el campo más importante del distrito. Hablando de garcas, se dice. Ya se acostumbró a hablar solo y no teme volverse loco. Siempre que pasa por ahí cogotea, olfatea, como si pudiera captar algún 48

49 Mataperros secreto de esa familia, de esa casona que los árboles impiden ver desde la ruta. Vuelve a concentrarse en el manejo. Después de la curva, tiene encima una chata. La F100 sale del acceso principal de Don Juan como si la ruta le perteneciera. Rodeada de perros que ladran, van y vienen a su alrededor, justo delante de él. Volantea, logra esquivarla, vuelve a volantear pero ya pierde el control, aunque rebaja y no toca el freno en ningún momento. Cuando finalmente se detiene, le tiemblan las piernas. Se queda quieto un rato más. Mira por el retrovisor. El pelotudo era Beltrán, el guardaparque, que tampoco se baja de su vehículo. Se pregunta qué carajo tendría que hacer ahí, en lo de los Pérez Pacheco y su infaltable perro de presa, Gancedo. 49

50 VI Es una mañana como cualquier otra. Marconi cumplió con todos sus rituales. Tomó café de parado, se vistió con parsimonia, revisó sus cuadernos, calentó el motor antes de arrancar. La novedad es que sonríe. Ahora maneja y sonríe. Con los hechos de ayer, le volvió a picar el mismo bicho de siempre. El periodismo, la investigación, el combate. Abre hacia atrás el techo del Peugeot, para sentir la poca brisa que corre y, de paso, dejar salir el humo de su cigarrillo. Piensa. Entre la fiesta criolla del veinticuatro, el entusiasmo del renguito en la escuela y ahora el boludo del guardaparque haciendo changas en el campo de Juana, tuvo 50

51 Mataperros en un día más emociones juntas que en todo el verano. Enciende el pasacassette e intenta sintonizar algo en AM. Una orquesta típica, cree que es la de D Arienzo, pero no puede asegurarlo, lucha contra el sonido de la estática. Tendría que ponerle a la radio un filtro, para no morfarse todo el ruido del motor. Resignado, cambia a FM. A los pocos segundos se da cuenta que está escuchando la emisora de los evangelistas. Cambia. Se queda en la otra el pueblo tiene dos radios, la de los chupamedias. No es que los chupamedias le caigan bien, pero a los evangelistas directamente no los aguanta. Los chupamedias son una familia. Tienen loteada la radio y se guardan para ellos los horarios de mayor audiencia, la segunda mañana y la vuelta. Marconi los llama así por la manera de entrevistar a las personalidades del pueblo. Cuando la jugada les sale redonda, el entrevistado se entusiasma y compra un espacio para tener su propio programa. Así, salvo evangelistas, que ya tienen su radio, los chupamedias pescaron de todo: 51

52 Gastón Garriga Ahora educación, Peña albirroja: la hora del pincha, Mundo castrense, El rincón criollo. Un día hasta lo vinieron a buscar para ofrecerle hacer El Pionero Radio. Los mando a la concha de su madre. Reconoce, en la radio, la voz de Juana. Para la oreja. Le suben las pulsaciones. el pueblo no se podía quedar sin festejo de aniversario de su fundación. Lo habíamos armado para el seis de diciembre, para que coincidiera con la fecha histórica, como Ud. se acordará, y hubo que suspender, porque el clima no acompañó. Y lo van a hacer justo el veinticuatro de marzo?. Hasta el conductor parece sorprendido, Marconi no sabe si de la audacia de la Sociedad Rural o si de la suya, al cuestionar a Juana al aire. Es una fecha como cualquier otra. Cuando un pueblo tiene ánimo de festejar, el almanaque es lo de menos. Somos un pueblo unido, trabajador y orgulloso de sus tradiciones. No hay nada más importante que eso. Bien, bien dice el conductor. A conti- 52

53 Mataperros nuación, da hora, temperatura y humedad y anuncia el siguiente tema musical. Marconi está a muy pocas cuadras de la radio. Podría meterse en el estudio y preguntarle por el desmonte ilegal en su campo. O pasarle un papelito con la pregunta al conductor. Pero, sin las fotos reveladas, no sería más que otra fantasía del viejo loco la fama ya la tiene que habla sin pruebas. Acaricia su Leika, todavía en el asiento del acompañante. Piensa si no será hora de comprarse además una cámara digital, de esas que están de oferta. Decide que no va a entrar, pero igual se detiene frente a la radio, una prolija construcción de madera tipo alpina, con estudio a la calle. Desde su auto, con los anteojos puestos, ve siluetas que charlan amigablemente detrás del micrófono, pero no distingue las caras. Reconoce, mal estacionada, dos ruedas sobre la vereda, la camioneta de Juana, media dorada, media champán. Tiene, en el portón de la caja, dos calcos. De un lado, la cabeza de un Aberdeen Angus. Del otro, el logo centenario, SRA. 53

54 Gastón Garriga Se acuerda cuando, no hace mucho, se cruzaron en el Banco Nación. Él hacía cola para depositar unos cheques. Ella, que salía de la oficina del gerente, lo encaró. Fue cuando él acababa de publicar la denuncia contra el avión monumento. Los milicos de la base, acompañados por el resto de las fuerzas vivas, impulsaban la construcción de un avión, en homenaje a la aviación naval, y su colocación en el lugar simbólico más importante del pueblo. Marconi averiguó, escribió, publicó y notificó a sus amigos en La Plata y Buenos Aires, periodistas de izquierda y militantes de derechos humanos. Se armó flor de quilombo. Vino gente de afuera, el tema salió en los medios nacionales y los nostálgicos de la dictadura tuvieron que archivar su plan. Había poca gente, el banco estaba por cerrar. Juana se le paró adelante. Qué carajo te pasa Marconi? Estás en contra de la base, estás en contra del campo, no estarás viviendo en el lugar equivocado vos?. Se lo dijo fuerte, para que escucharan 54

55 Mataperros todos los presentes. Mientras él pensaba qué responder, ella se dio media vuelta y lo dejó con la boca abierta, como un boludo. Ahora la ve salir de la radio, altiva, elegante y masculina a la vez. Se sube a la Hilux y dobla a la derecha en la primera esquina. Marconi debe retomar sus tareas, pero se queda, una vez más, pensando en los Pérez Pacheco. Ver a Juana lo altera. Lo pone nervioso esa suficiencia, esa manera de andar por el mundo que tienen las Juanas, como si todo les perteneciera. Marconi cambia abruptamente de planes. Tenía que recorrer los nuevos vestuarios del club, acompañado por el presidente, que quería la nota para esta semana. Pero enfila de vuelta hacia la redacción. Llega enseguida. Mira alrededor, se asegura de estar solo. Antes de bajar del auto abre la guantera, toma el veintidós corto y lo mete entre sus ropas. Cierra la oficina por dentro. En apenas un par de minutos, ya dispuso todos los elementos sobre el escritorio. Hay papeles de diario, sobre los que trabajará, una baqueta, un par de cepillos que se enroscan 55

56 Gastón Garriga en la punta, distintos tipos de lubricante y un pequeño destornillador desarmable. Limpiar su arma lo calma. A veces, también le ajusta la mira. Y muy de cuando en cuando, la dispara. Comienza la operación. Introduce la baqueta por el cañón. Conserva su buen pulso, a pesar de los años. Está orgulloso de él. Con la ayuda de un cepillo metálico mínimo, quita las impurezas y restos de pólvora. Lo hace cuidando de no rayar las estrías. Repite el movimiento varias veces, con cuidado. Luego remplaza el cepillo por unos paños blancos, que al salir se llevan con ellos todos los restos de mugre que el cepillo fue desprendiendo. Cada vez ve menos. Ni los anteojos lo salvan. Pero, por suerte, piensa, para las cosas importantes se arregla con las manos. Puede prescindir de la vista. Son objetos que conoce de memoria. El veintidós corto. El teclado con el que escribe. Cuando el último pañito sale bien blanco, se da por satisfecho con la limpieza del cañón. Entonces toma una lija de grano fino, la más suave, corta un cuadrado y lo va doblando al 56

57 Mataperros medio hasta dejarlo bien chiquito. Lo moja con WD40 y con eso quita el óxido que se fue adhiriendo a las partes externas. Deja el revólver, que con los años se fue volviendo de un gris indefinido, apoyado sobre la tapa de madera. Abre uno de los cajones. Tantea, pero no encuentra lo que busca. Saca el cajón de sus guías y lo apoya sobre el escritorio, junto a la veintidós. Ahora sí, busca y rebusca hasta que encuentra, al fondo, semivacía, la caja con las municiones. Le quedan pocas. Tendrá que acordarse de comprar cuando viaje a La Plata o a Buenos Aires. El pueblo tiene armería, pero él sigue creyendo que esas cosas mejor manejarlas con discreción. No la declaró en casi cuarenta años, no la va a declarar justo ahora. El veintidós corto, el matagatos, siempre lo supo, es, técnicamente, apenas un poco más que un juguete. Pero llevan tantos años juntos, que no puede imaginarse sin él, ni con otra arma. Piensa que le vendría bien irse esta tarde al medio del campo a hacer unos cuantos tiros. La deja cargada, con el seguro puesto. 57

58 Gastón Garriga Se fuma un cigarrillo muy lento, saboreándolo. Retiene el humo. Toma el revólver con una mano, apunta. Luego con la otra. No recuerda cuando calibró la mira por última vez. Tendrá que hacerlo pronto, cuando tenga otro rato como éste. Ya se siente más sereno. Vuelve a guardar el arma entre sus ropas, cierra la redacción, se sube al 504 y devuelve el arma a la guantera. Al presidente del club le dirá, con expresión seria, que hubo un malentendido, que él lo tenía agendado y media, no en punto. 58

59 VII Los ojos achinados por el sol, Gancedo hace visera con las manos y mira en dirección a la ruta, en busca de un motor que escucha lejano. Sabe que a la patrona, de vez en cuando, le gusta venir sin anunciarse. Gancedo se esfuerza y finalmente distingue, entre tanto polvo, parte de la carrocería dorada. Sólo puede ser Doña Juana, concluye. Se acuerda de la primera vez que la vio llegar, no hace mucho, con la Hilux cero kilómetro, del color de las escamas del dorado. Champán, lo corrigió ella. Desde donde está, le pega el grito a su señora. Elvira se ocupa de la limpieza y de la cocina, de la casa en general. De la principal, la 59

60 Gastón Garriga de Doña Juana, y la de ellos, del mismo estilo, mucho más chica, cercana pero separada por una cortina de eucaliptos. Elvira corre a la cocina. Allí corta cuidadosamente en gajos un par de naranjas, las coloca sobre un plato y llena otro recipiente con hielo. Coloca todo sobre una bandeja y lo lleva a la mesa de la galería. El motor se oye más cerca y los perros se inquietan. Pronto correrán hasta la tranquera y desde allí acompañarán el paso de Doña Juana. Gancedo está tranquilo. Ha terminado antes de lo previsto las tareas que le habían encargado. Juana detiene la marcha, se baja y camina hacia él, rodeada de perros que saltan e intentan lamerle las manos. Tienen más o menos la misma edad, ella y Gancedo. Él la ve tan hermosa como cuando la conoció, hace treinta y pico de años, cuando él era un peón, nuevo y retraído, y ella la hija del bravo Don Juan. Tiene el pelo largo, como siempre, en forma de trenza. Sólo que su castaño ahora está salpicado de canas, que aumentan el contraste con sus ojos azules, enmarcados 60

61 Mataperros por unas pequeñas arrugas. Lleva pañuelo al cuello y botas de carpincho, por fuera de las bombachas. Y sus hijos? Cuándo los va a traer? Ángela está con exámenes y Juan chico salió de gira de rugby. Gancedo asiente en silencio. Elvira, atraída por las voces, sale a la galería a recibirla, secándose las manos en el delantal. Él mira a su mujer, que encima es más joven. La ve ancha, tosca. Juana, la patrona, sin dejar de sonreír, porque siempre la hace feliz estar en Don Juan, empieza a dar órdenes. Se va a duchar. Cuando baje de vuelta, quiere la comida servida y dos caballos ensillados. Salen de recorrida. Juana le insiste a Elvira. Debe poner tres cubiertos, van a comer juntos. A Elvira, aunque siempre responde por mí no se moleste, yo como después, le agradan esos gestos de la señora. Juana lo sabe. Comen en la galería, en el rincón más fresco. El silencio se corta apenas para comentarios triviales. Se vacían los platos, Elvira se 61

62 Gastón Garriga para y anuncia que va a hacer café. Juana le dice que no, que ya se van, que mejor a la vuelta. Juana camina detrás de Gancedo, hacia el palenque donde están atados, el zaino de él y el bayo preferido de la patrona. Los dos están bien tusados, desvasados y bañados. Los recados también están impecables. Gancedo mira los animales con orgullo, se acerca al bayo y le tiende la mano a ella, que monta sin ayuda y sale al trotecito. Juana no lo espera y él debe apurarse para alcanzarla. Ahora, emparejados, andan al paso, para poder conversar. Ella le pregunta primero por los rollos de pastura. Si cree que alcanzarán. Él piensa que sí, empieza a calcular en voz alta. Ella lo interrumpe, como si el tema le hubiera dejado de importar. Cómo te fue con Beltrán el otro día? Es raro el muchacho ese, señora. Pienso encargarle algunos trabajos más Gancedo frunce el ceño. Es una pavada. Lo quiero en el buffet, el día de la fiesta. Ya no le gusta como asamos nosotros? 62

63 Mataperros Juana ríe. No es eso... Gancedo la mira, callado, sin comprender. Es por política... Además, ése es un día de fiesta para vos. Te quiero ver bien empilchado y mejor montado. Nada de andar ahumándote. Como diga. Pero ése es peligroso El otro día, al salir, casi choca con el periodista. Se fue, dejó la tranquera abierta y el periodista se metió acá a preguntar por usté, sacó fotos Me hubiera gustado darle unos buenos rebencazos. 63

64 VIII Beltrán disfruta los sábados por la mañana. Aunque sale a trabajar más tarde, se levanta a la misma hora de siempre y se queda haciendo cosas en su casa. Lo toma como un descanso a cuenta. Las rondas de los sábados, sobre todo en temporada, son las más jodidas. Los turistas dejan fuegos a medio apagar, tiran la basura donde quieren, se pierden en los senderos del monte o se encajan porque no saben manejar en el barro. Ahora se les da por bajar a la playa con cuatriciclos. El quilombo viene de la ciudad e invade el pueblo, con cada campaña Visite Punta Indio que hace el municipio en los medios. Y él es 64

65 Mataperros una especie de llanero solitario, que trata de mantenerlos a raya. Le gusta cortar el pasto, rastrillarlo y quemarlo. A veces se tira debajo de la F100 y le engrasa el tren delantero. O desarma la motosierra sobre el banco de soldador, limpia cada pieza con un pincel embebido en nafta y después las sopletea, una por una. Para terminar, le afila la cadena con la amoladora que tiene fijada al banco y vuelve a armarla completa. Hoy, más temprano, se dedicó a defender sus plantas de las hormigas. No tiene muchas: una frambuesa enredada en el alambre, un rosal y una araucaria enana que, a pesar de los años, no se decide a crecer ni a morir. Las pulverizó, hoja por hoja, con un veneno más concentrado que el Hortal. Se puso los anteojos y siguió, en cuatro patas, los caminos hacia los hormigueros. En todo el trayecto, y alrededor de cada montículo de tierra, fue dejando caer sebo, con mucho cuidado de no tocarlo. Para terminar, ya satisfecho con su tarea, volcó el veneno sobrante sobre el hormiguero más 65